domingo, 7 de marzo de 2010

La violenta existencia femenina

Hace un año escribía estas líneas, después de una nueva jornada violenta contra las mujeres; consecutivamente, eschuchábamos acá en el estado de México sobre desaparecidas o asesinadas y no pudimos callar. Este estado de nuestra República supera con mucho la violencia que contra las mujeres se da en Chihuahua; pero acá tienen más peso periodístico los "excelsos" logros del gobernador de copete y las ínfulas del rector de la UAEMex. Valga pues nuevamente la publicación de este texto como mi contribución a la búsqueda de un México más justo, equitativo, de amor.

Imagen: http://www.laalternativa.org/


La violenta existencia femenina

Javier Cervantes Mejía

Para Erika Bobadilla, quien comparte mi rabia.

En un ambiente en donde imperan los encuentros cada vez más cercanos con la bestialidad humana, en donde es común ver decapitados, descuartizados, encobijados, torturados, es moneda de cambio la indiferencia a la muerte y el culto a lo despiadado. No nos faltaba mucho tiempo para llegar a ser una sociedad que tiende al enaltecimiento del gore, cuando estamos tan cerca geográficamente de la nación experta en la teatralidad de la perversión y el sadismo. Las dos ediciones especiales de Proceso sobre los grupos del narco mexicano fueron épicas para demasiadas personas no sólo por sus reportajes sino por las fotografías que presentaron. Los eventos sangrientos que han manifestado las bandas delictivas en este país han logrado imbuir en el imaginario social un dejo de habituación muy peligroso.

Hoy tenemos mucho qué decir sobre los asesinatos colectivos que ha dejado la marabunta narcotraficante y la guerra del gobierno contra ellos, la cual por cierto ya tiene en su haber más de tres mil muertes, y se obvian los asesinatos particulares como los que se vienen sucediendo angustiosamente en nuestro estado contra las mujeres. Eso ya fue noticia con el problema latente en Ciudad Juárez, Chihuahua, y no merece más que las portadas de las revistas sensacionalistas; en el Estado de México sólo encuentra espacio en algunas columnas policíacas de los noticiarios, muy a pesar de que la incidencia de este delito supera a la ciudad norteña. Y no sólo eso, las referencias funestas sobre la suerte de las mujeres en sus trabajos, en sus hogares, y en la calle, no tienen un impacto serio más que en las instancias de derechos humanos, en donde los expedientes hacen fila junto a los problemas de migración, despidos laborales, racismo sexual, étnico y económico. Varias recomendaciones fuertes y convincentes se han emitido, al menos en la instancia nacional, y muy pocos resultados hay en las investigaciones.

Cuerpos vejados e inertes de mujeres se han encontrado en varios puntos del estado y después de su ubicación, y recolección, sólo figuran como una estadística más en la bitácora empolvada de las autoridades. Han acostumbrado a las personas a reconocer sólo números y no historias de vida que fueron arrancadas de tajo ante la facilidad para asesinar que ofrece la inseguridad pública en este país. Ningún funcionario, de esos que nadie vota pero que ahí figuran, ha dado a conocer las causas, motivos, móviles de asesinato de estas muertas y, mucho menos, explican el avance de las investigaciones y si han encontrado culpables. El uso de las estadísticas como medio de información característico despersonaliza a las víctimas e impide la empatía y compasión de la sociedad. No extraña, pues, que no interese este tema en la agenda pública y privada. Hay un centenar de mujeres asesinadas en territorio mexiquense, de las cuales no se sabe ni siquiera su nombre; algunas desconocidas recientes son la encontrada en Calzada al Pacífico, en la desviación a San Buenaventura y la encontrada en la avenida Heriberto Enríquez.

La imposición de un estado falocéntrico ha motivado esta aversión por las prácticas sociales y culturales femeninas. En este ambiente sólo hay espacio y libertades absolutas para el macho dominante, para aquel que demuestra su poderío recurriendo a la fortaleza de su físico y al tamaño de su miembro. Mujeres y demás especies están supeditadas al hombre para su apoyo y complacencia, es el varón quien decide cómo viven y cuánto viven por consecuencia. La sociedad mexicana hereda dicha ideología principalmente de la cultura española, influida con las ideas machistas del judaísmo y el islamismo. Su herencia indígena enfatizó varios excesos de la religión católica en algunas prácticas sociales; sin embargo hay una preocupación más nítida por lo femenino gracias a su religión dual (donde hay un dios hay una diosa, no supeditada). El culto a Toci, Tonantzin, Coatlicue, Xilonen, Chalchiuhtlicue, Tlazoltéotl y Mayahuel demuestran la sublimación y respeto que tenían a la mujer, y sólo hablo de los mexicas.

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